Las piernas de Greg se sentían como de plomo mientras se levantaba de la isla de la cocina.
Su corazón martilleaba contra sus costillas, un golpe pesado y rítmico que ahogaba el sonido de las noticias matutinas. Miró a Sarah. Ella estaba ocupada limpiando una sartén, todavía de espaldas, completamente ajena a que su marido vibraba con una necesidad peligrosa y prohibida.
—Voy a la biblioteca a buscar el libro que mencioné —masculló Greg. Tenía la voz espesa, como si hubiera tragado arena.
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