Me paré en el centro de su enorme habitación, con el corazón martillándome las costillas. Xercer no se movió. Solo se quedó allí, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho, mientras sus ojos grises seguían cada uno de mis movimientos.
—Desnúdate, Uriel —repitió.
Me temblaban las manos, pero no aparté la mirada. Agarré el dobladillo de mi camiseta y me la saqué por la cabeza, tirándola al suelo. Luego siguieron mis leggings. Los deslicé por mis piernas, quitándomelos hasta quedar en nada má