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El perdón es fácil de pedir hasta que descubres que algunos pecados son imperdonables.

El teléfono de Eva vibró a las tres de la madrugada con la urgencia que solo traen las malas noticias. El nombre de Sebastián parpadeaba en la pantalla como una advertencia que llegaba demasiado tarde.

—Sofía está en el hospital —dijo sin preámbulos, su voz tensa como cuerda a punto de romperse—. Necesitas venir ahora.

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