Maya sintió que iba a enfermarse de la rabia que sentía. Frente a ella, con la sonrisa más satisfecha del mundo, estaba Vlad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la muchacha entre dientes.
—Estoy invitado a esta boda ¿no? —dijo Vlad sin inmutarse por su tono—. No has respondido a ninguna de mis llamadas.