Con el silencio tan profundo que había en aquel teatro, Maya juraba que podía sentir el corazón traidor de Vlad desbocado por el miedo, mientras la mirada como si fuera un fantasma o una alucinación.
—¡Tú...!
—Sí —dijo Maya inclinándose hacia él con una vocecilla fría—. ¡Yo misma!
—¡Pero tú estás