Desde aquel día, iba religiosamente todas las tardes a casa de mi hermano, y la observaba desde lejos, mientras mordía mis labios desagarrándolos con furia.
A través de esa ventana, aquella vulgar ventana que me mostraba una deformada imagen del amor, podía verla. Sonreía, danzaba, hablaba y besaba al infeliz de Henderson como si fuera el único hombre sobre la tierra. Él la tenía en sus manos, la había deslumbrado con toda esa caballerosidad fingida. Lo único que este sujeto buscaba, era hacerm