Mundo de ficçãoIniciar sessãoRafael Ferraz tem 30 dias para se casar com uma Montenegro ou perde 35% da própria empresa. O problema é que os Montenegro são os maiores rivais da família Ferraz há três décadas. E a única mulher elegível pela cláusula do testamento é Isadora Montenegro, diretora jurídica, especialista em fraudes corporativas... e a mulher que pode acabar descobrindo que o pai dele escondeu um segredo capaz de destruir os dois clãs. Isadora não quer o dinheiro de Rafael. Ela quer acesso aos documentos que provam que o próprio pai não é o corrupto que todos dizem que é. Os dois assinam o contrato por interesse. Um casamento de fachada, regras claras, zero sentimento. Até a primeira noite dividindo o mesmo teto. Até o primeiro toque que nenhum dos dois planejou. Até Isadora descobrir uma prova que pode destruir Rafael e escolher guardar segredo por ele. Quando o escândalo estoura e o contrato vira manchete, Isadora percebe que foi usada. Rafael percebe que pode perder a única pessoa que nunca se curvou diante do seu sobrenome. Entre traição, vingança e um segredo prestes a explodir, os dois vão descobrir que o amor verdadeiro nunca esteve escrito no contrato.
Ler maisEl mensaje tenía once palabras y destruyó cinco años en menos de un segundo.
Valentina Cisneros lo leyó tres veces, de pie frente al espejo del baño de la sacristía, con el vestido de novia todavía perfecto, con el ramo de gardenias todavía fresco entre sus manos, con el delineado todavía intacto gracias a doscientos pesos de rímel a prueba de agua que ahora iba a demostrar que valía cada centavo. La pantalla del teléfono iluminaba su rostro con esa luz blanca y despiadada de los momentos en que la tecnología te entrega la peor noticia de tu vida.
"Val, no puedo. Lo siento. No vengas a buscarme."
Rodrigo Cienfuegos. El amor de su vida. El padre potencial de sus hijos. El hombre que había elegido el día más importante de su existencia para enviarle un W******p de once palabras, como si cinco años de relación merecieran exactamente la misma longitud que un mensaje cancelando una cita en el dentista.
Valentina apretó el ramo. Los tallos de las gardenias crujieron entre sus dedos con un sonido seco y satisfactorio, como si las flores entendieran que era necesario que algo se rompiera para que ella no lo hiciera. Afuera, al otro lado de la puerta de madera labrada, doscientos invitados esperaban sentados en las bancas de la Iglesia de la Medalla Milagrosa de Polanco, con sus mejores trajes y sus mejores sonrisas y sus mejores expectativas depositadas en una boda que ya no iba a suceder.
Su madre golpeó la puerta.
—Valentina, ya son las seis y cuarto, el padre Mendoza pregunta si...—
—Dame un minuto —respondió ella, con una voz tan calmada que la asustó a ella misma.
Un minuto. Sí. Claro. Un minuto para deshacer cinco años, doscientas invitaciones, cuarenta y ocho mil pesos en un banquete, y el hecho de que su abuela había volado desde Oaxaca con ochenta y tres años y una cadera operada para verla casarse.
Cuando Valentina abrió la puerta, lo primero que vio fue el rostro de su madre. Patricia Cisneros tenía esa capacidad particular de las madres mexicanas para comunicar simultáneamente el amor más profundo del universo y una decepción que podría derretir el acero, todo sin abrir la boca. Detrás de ella, la señora Consuelo Cienfuegos —la madre de Rodrigo, su suegra en potencia, la mujer que le había dado el recetario familiar con la solemnidad de un testamento— sostenía su bolso con ambas manos como si fuera el único objeto estable en un mundo que se estaba desintegrando.
Valentina les mostró la pantalla del teléfono sin decir nada.
El silencio que siguió duró exactamente cuatro segundos. Después, el mundo explotó en voz baja, que es la peor manera en que puede explotar un mundo.
—¿Qué significa esto? —susurró la señora Consuelo, poniéndose de un color que no existía en ninguna paleta de maquillaje conocida.
—Significa que su hijo es un cobarde —dijo Valentina, con una ecuanimidad que solo es posible cuando el cerebro todavía no ha procesado del todo la magnitud del desastre y funciona en piloto automático de supervivencia.
Su madre la tomó del brazo.
—Hija, hay que pensar. Hay que...
—¿Hay que qué, mamá? —Valentina se soltó con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplica—. ¿Hay que salir y decirle a doscientas personas que el novio huyó por W******p?
Desde el interior de la iglesia, el organista seguía tocando. Una pieza de Bach que en otro contexto habría sido hermosa y que ahora sonaba obscenamente fuera de lugar, como una broma que nadie había pedido.
Fue entonces cuando Valentina vio a Máximo Cienfuegos.
Él estaba al fondo del pasillo de la sacristía, de espaldas a ella, hablando en voz muy baja con su padre y con el señor Cisneros. Tenía los hombros tensos bajo el traje oscuro, las manos guardadas en los bolsillos del pantalón con esa contención que tienen los hombres que han aprendido a no gesticular cuando están furiosos. Valentina lo conocía apenas: lo había visto en cuatro reuniones familiares, había intercambiado con él quizás veinte frases en total, y la impresión que le había quedado era la de un hombre que procesaba el mundo como si fuera una ecuación de arquitectura. Frío. Calculador. Completamente incapaz de entender que las personas no son planos de construcción.
Máximo se giró en ese momento, y sus ojos encontraron los de ella a través del pasillo.
Valentina esperaba ver lástima. Lo que vio en cambio fue algo mucho más complicado, una mezcla de furia contenida y una determinación que le heló la sangre antes de que él dijera una sola palabra.
Valentina decidió que necesitaba aire. O un taxi. Probablemente un taxi era la solución más práctica en ese momento: salir por la puerta lateral de la sacristía, desaparecer en el tráfico del sábado de la Ciudad de México, quitarse el vestido en algún callejón con dignidad razonable, y aparecer el lunes en su estudio de diseño como si nada hubiera ocurrido. Era un plan perfectamente sólido.
Estaba buscando su bolso —¿dónde demonios había dejado su bolso?— cuando los pasos de Máximo resonaron detrás de ella sobre las baldosas de mármol.
—Valentina.
No era una pregunta. Era una orden envuelta en una sola palabra, y el hecho de que funcionara, de que sus pies se detuvieran automáticamente, la irritó profundamente.
Se giró despacio.
Máximo Cienfuegos era siete centímetros más alto que su hermano, tenía siete años más y una mandíbula que sugería que había pasado esos siete años masticando granito. Sus ojos eran de ese color oscuro que en otra vida, en otra historia, en un universo paralelo donde no fuera el hermano del hombre que acababa de destrozarle la existencia, habrían sido simplemente hermosos.
—Cásate conmigo hoy —dijo, sin preámbulo, sin disculpa, sin ningún artificio—. Yo lo arreglo todo.
El organista seguía tocando a Bach.
Valentina lo miró durante un tiempo que no supo medir.
El hermano. El hermano frío, el hermano calculador, el hermano que nunca la había mirado como si fuera una persona real sino como un elemento más en el organigrama familiar. Ese hombre, con su traje de corte perfecto y su expresión de quien ya ha resuelto el problema antes de que los demás terminen de entenderlo, le estaba pidiendo que se casara con él en una iglesia llena de gente que en este preciso momento empezaba a murmurar porque el padre Mendoza llevaba diez minutos esperando junto al altar.
Valentina abrió la boca. La cerró. Apretó el ramo de gardenias con una fuerza que habría pulverizado el mármol, y sintió cómo uno de los tallos cedía definitivamente entre sus dedos.
—¿Perdón? —dijo finalmente, con una voz perfectamente quieta que no se correspondía para nada con el incendio que se estaba produciendo en su interior.
Máximo no repitió la pregunta. Solo la sostuvo con la mirada, con esa paciencia calculada de quien sabe que el tiempo está a su favor aunque el mundo entero se esté derrumbando a su alrededor.
Y en ese silencio de tres segundos, mientras el organista terminaba una frase de Bach y comenzaba otra, mientras su madre contenía la respiración al fondo del pasillo y la señora Consuelo rezaba en voz muy baja, Valentina Cisneros entendió que había llegado al punto exacto en que una historia termina y otra, completamente distinta e infinitamente más peligrosa, está a punto de comenzar.
POV: Isadora MontenegroTrês e dezessete da madrugada.Eu estava deitada de olhos abertos na cama da suíte leste, encarando as sombras que a janela projetava no teto branco do quarto.Passei as últimas duas horas tentando desligar a cabeça, mas o silêncio daquela cobertura não era como o silêncio da minha antiga casa. Era um vazio pesado, pontuado apenas pelo estalo térmico do vidro blindado contra o vento da serra e pelo zumbido quase inaudível do ar-condicionado.Cada músculo do meu corpo continuava alerta.A consciência de que Rafael estava a menos de vinte metros de mim, no mesmo mezanino, funcionava como um alarme ligado na minha cabeça.A cena dele girando a chave dourada na tranca antiga do quarto da mãe e batendo a porta na minha cara não saía da minha mente. O homem que me enfrentava nos tribunais e calculava cada movimento da empresa com a frieza de uma máquina tinha uma ferida aberta no meio daquela casa. E eu agora morava dentro dela.Desisti de tentar dormir.Jog
POV: Isadora MontenegroFechei a última gaveta do closet da suíte leste com um empurrão bem firme.Minhas roupas de trabalho estavam penduradas em cabides de veludo, minhas pastas de processos organizadas sobre a escrivaninha de madeira clara e meus perfumes alinhados na bancada de mármore do banheiro. Em menos de duas horas, eu tinha tomado posse de cada centímetro daquele quarto no fim do mezanino.Mas do lado de fora daquela porta, o resto da cobertura continuava sendo território inimigo.Saí para o corredor acarpetado e apoiei as mãos no parapeito de vidro que dava para a sala de estar no piso inferior.O duplex de Rafael Ferraz não parecia a casa de um homem de trinta e quatro anos; parecia a sede de uma embaixada privada.Tudo era monumental, simétrico e estéril. Paredes em concreto polido, sofás de linho grafite e telas de arte abstrata que pareciam escolhidas por um consultor de investimentos, não por alguém que realmente gostava de pintura. Não havia uma única fotografi
POV: Isadora MontenegroOs disparos dos flashes eram tão rápidos que deixavam clarões brancos na minha vista a cada piscada.A bancada de madeira no palco do centro de convenções estava forrada por mais de vinte microfones de emissoras de televisão e portais de economia. Ao meu lado, a menos de trinta centímetros, Rafael vestia um terno sob medida cinza-chumbo, com a postura impecável de quem nasceu para comandar o mercado.— Boa tarde a todos — a voz dele ressoou limpa pelos alto-falantes, calando o burburinho na primeira fila. — Eu e a doutora Isadora Montenegro convocamos esta coletiva para oficializar o fim de todas as disputas judiciais entre os grupos Ferraz e Montenegro, e para consolidar o nosso compromisso público.Uma repórter de finanças levantou a mão no mesmo segundo:— Doutor Ferraz, o mercado foi pego de surpresa pela nota. Como fica a divisão das patentes de inteligência artificial com a unificação das duas empresas?— A transição será coordenada diretamente pela
POV: Isadora Montenegro A caixinha de veludo azul-marinho foi deixada sobre a mesa de centro com uma brusquidão que dizia mais do que qualquer palavra. Rafael deu um passo para trás, enfiando as mãos nos bolsos da calça de alfaiataria, a cara fechada na mesma expressão de quem só estava riscando o próximo item de uma lista burocrática. — A assessoria marcou a nossa primeira coletiva de imprensa para quarta-feira de manhã — avisou, a voz no piloto automático de sempre. — O mercado quer a confirmação visual do noivado. Você não pode aparecer na frente dos repórteres com a mão vazia. Fiquei encarando a caixa fechada por dois segundos antes de esticar o braço e puxar para mim. O veludo estava levemente gasto nas bordas — um detalhe antigo, discreto, que não combinava em nada com o padrão de ostentação que eu esperava de um bilionário querendo impressionar os jornais. Abri a tampa de uma vez. A peça cravada no centro não era uma daquelas joias modernas de vitrine de shopping. Era u
Último capítulo