Escondido entre unos arbustos bajos, Mateo levantó la vista hacia el último piso del castillo.
Las ventanas de ese piso estaban encendidas.
¿Estaría Aurora allá adentro?
El viento de la noche, que estaba helado, se le metió por el cuello del abrigo.
Pero los dedos con los que agarraba las raíces de la hierba le ardían de calor.
Esa luz en lo alto del castillo era como una aguja fina, clavándose una y otra vez en su pecho.
Incluso podía imaginar a Aurora sentada junto a la lámpara, esperándolo co