—¿Y si no me la tomo? —le pregunté con odio, porque el rencor me quemaba hasta lo más profundo del alma.
Javier solo sonrió un poco, casi ni se notó, y me dijo con voz tranquila:
—Si te empeñas en llevarme la contra, entonces no voy a tener más opción que encerrarte hasta que aprendas a hacerme caso.
—¡Javier! —grité con mucha rabia y levanté la mano para pegarle. Él no se movió y recibió el golpe directo en la cara, pero aun así no se molestó; siguió sonriéndome mientras me decía:
—¿Ya te desah