La madrastra de Mateo se acercó cruzada de brazos, con una sonrisa burlona en la cara:
—No pensé que la familia Cardot estuviera tan hundida como para ponerse a robar entre ellos.
—¡Pero yo no me he robado nada! —respondí, mirando a ella y al papá de Mateo, sin perder la calma—. Ese brazalete me lo dio la abuela Bernard. Si no me creen, pregúntenle a ella o a Mateo.
Mateo sabía del brazalete, él mismo me dijo que lo guardara bien, así que no estaba tan nerviosa.
Pero algo no me cuadraba.
Si el b