Tiempo después.
—¡Dexter! ¿en dónde están? Por favor no me asusten.
Me llevo una mano a la cabeza sintiendo cómo rápido el dolor se hace presente. No puedo creerlo.
No tenía un dolor de cabeza como este desde hace mucho tiempo.
Sigo buscando a mi pelirrojo y a Milán en toda la casa pero no los consigo. Entonces, con el mal presentimiento en mi pecho, tomo el teléfono para llamarlo, sin embargo, recibo una llamada primero.
—Señor Bustamante —le saludo—. Buenos días.
—Muy buenos días Evangeline,