Noches Calientes Con Mi Tío
Noches Calientes Con Mi Tío
Por: LiaCollargaSiyosa
Capítulo 1
POV: Janice Thompson

Imogen Norton me vaciaba un vaso de jugo sobre la cabeza cuando mi tía Miranda Mayer apareció en la casa. La reconocí apenas la vi. Era la hermana de mi difunta madre, Marjorie Mayer.

—¡Monstruos! ¡¿No sienten ningún remordimiento por lo que le hicieron a mi sobrina?! —gritó, furiosa, mientras caminaba hacia Imogen.

Mi tía me apartó de aquella mujer cruel que me había acogido años atrás solo para atormentarme, esclavizarme y humillarme.

—¡Janice es huérfana! ¡Ya no tiene a sus padres y, aun así, la tratan de esta manera! —reclamó con la voz quebrada.

Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas ante lo que acababa de presenciar.

—Ha vivido bastante bien aquí. Le di de comer y logró sobrevivir, así que ¿por qué gritas tanto, vieja bruja? —replicó Imogen con desprecio.

Siempre había sido una mujer grosera y desagradable.

—¿Dices que ha vivido bien? ¡Mira a mi sobrina! ¡Mírala con atención! ¡Lleva puesto un uniforme de sirvienta! —respondió mi tía Miranda mientras señalaba mi ropa—. Creí que tenía una vida digna porque una familia adinerada la había acogido, pero estaba equivocada. La esclavizaron y la atormentaron. Si no hubiera visto ese video que se hizo viral, en el que tus hijos humillaban a Janice, jamás habría descubierto que vivía en un infierno.

Las lágrimas que llevaba tanto tiempo reprimiendo comenzaron a empaparme la cara. Por primera vez, alguien salía en mi defensa después de todo el sufrimiento que había soportado en aquella casa. Después de tantos años en silencio, sentí que ya no tenía que cargar sola con aquel dolor.

Detrás de Imogen estaban sus hijos, Francis y Anastasia Fabre. Los dos solían atormentarme y humillarme cada vez que sus compañeros de clase iban a visitarlos.

La verdad era que llevaba mucho tiempo deseando escapar de aquel lugar, pero no podía hacerlo. Anastasia y Francis me habían grabado a escondidas mientras me duchaba desnuda y me amenazaban con difundir el video si intentaba marcharme. El miedo a la humillación que sufriría si lo publicaban me había obligado a quedarme.

—Janice no se irá contigo —afirmó Anastasia con descaro—. Sabemos que prefiere quedarse aquí a irse contigo.

Ni ella ni su hermano respetaban a nadie.

—¿Y por qué querría quedarse? ¡Este lugar es un verdadero infierno! —espetó mi tía Miranda.

—Porque ella se niega a irse. Pregúntale tú misma si quiere acompañarte —respondió Francis entre risas mientras miraba a mi tía y luego a mí.

Sus palabras me revolvieron el estómago, pero ya no estaba sola. Respiré hondo, reuní el poco valor que me quedaba y decidí revelar la verdad.

—Tía Miranda, ellos tienen un video mío desnuda en la ducha —confesé con la voz temblorosa—. Me han amenazado con difundirlo si intento salir de esta casa.

Ahora que por fin tenía a alguien de mi lado, decidí contárselo todo y acabar con aquella pesadilla.

—¡Malditos desgraciados! ¡Voy a demandarlos a todos! ¡Así fue como amenazaron a mi sobrina para impedir que se marchara! —gritó mi tía Miranda, sin mostrarles ningún temor.

Hasta Imogen quedó sorprendida al enterarse de lo que habían hecho sus hijos. Sabía que habían cruzado un límite y se volteó hacia ellos con el ceño fruncido.

—¿Eso es verdad? —exigió Imogen.

Ninguno de los dos movió un músculo. Francis y Anastasia palidecieron por primera vez. Seguro que no podían creer que me hubiera atrevido a revelar lo que habían hecho.

—Imogen, ¿harás que borren ese video o tendremos que vernos en los tribunales? —preguntó mi tía Miranda con firmeza.

Imogen sabía que perderían si el asunto llegaba a juicio, así que ordenó que eliminaran el video. Para mi sorpresa, ese mismo día también destrozó los teléfonos de sus dos hijos.

Por fin era libre de aquellos monstruos.

Me marché con mi tía Miranda y viajamos juntas al pueblo de Monte Campbell. Me explicó que me acogería en su casa y que, desde ese momento, viviría con su familia.

Las dos comenzamos a llorar en el taxi. Mi tía estaba muy afectada por todo lo que yo había sufrido, sobre todo después de verme con aquel uniforme de sirvienta. Yo tampoco podía contenerme. Después de vivir tanto tiempo bajo amenazas, todavía me costaba creer que ya no tendría que regresar a aquella casa.

***

El viaje duró casi dos horas. Cuando llegamos a Monte Campbell, el taxi nos llevó hasta la calle Virginia, donde se encontraba la casa de dos pisos de mi tía Miranda.

—Muy bien, Janice. Entra y ponte cómoda —me indicó mi tía antes de marcharse—. Debo ir un momento al pueblo vecino para asistir a una reunión importante, pero aún puedo llegar a tiempo.

Asentí y entré en la casa.

Por fuera, la casa tenía un estilo antiguo, pero el interior era hermoso y espacioso. Contaba con una sala, un comedor, una cocina y un jardín donde crecían hortalizas distribuidas en hileras ordenadas.

En la planta alta encontré una terraza y dos habitaciones. Entré en la primera porque la puerta ya estaba abierta. Todo se veía limpio y ordenado. Mi tía debía de haber preparado el dormitorio con antelación, pues sabía que me llevaría a vivir con ella.

Dejé mis cosas y decidí echar un vistazo a la otra habitación. Pero antes de entrar, escuché los gemidos de un hombre al otro lado de la puerta.

Estaba entreabierta, por lo que podía oír cada sonido con claridad.

—Ahhh… Qué rico… —gemía una voz masculina desde el interior—. Ohhh… ¡Mierda! Ugh… Ughhh… Ohhh…

Me temblaron las manos. Me asomé por la abertura y descubrí a un hombre desnudo dentro de la habitación. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, los ojos cerrados y los labios separados por los gemidos.

Lo que hacía me dejó paralizada. Se masturbaba y deslizaba la mano por el pene con movimientos rápidos y vigorosos. Incluso desde donde estaba, podía distinguir la punta enrojecida.

Nunca había visto un pene de verdad y no podía creer que el primero que veía fuera tan grande. Le sobrepasaba el ombligo y parecía casi tan largo como una berenjena. Ni siquiera dos manos parecían suficientes para rodear por completo aquel miembro tan grueso.

Debía de ser Roman Pratt, el hombre del que mi tía me había hablado. Era su prometido.

Aquello era una locura. Apenas acababa de llegar y eso era lo primero con lo que me encontraba. No podía creer que hubiera sorprendido al prometido de mi tía en un momento tan íntimo.

De pronto, sus gemidos aumentaron de intensidad.

—¡Aaaah! ¡Aaaaah! ¡Mierda, estoy a punto de venirme! —gritó Roman desde la cama.

Abrí la boca, impactada, cuando el semen salió disparado de la punta de su pene como una fuente. Era tanto que salpicó sus abdominales y su pecho, mientras una parte caía sobre la sábana.

No podía negar que el prometido de mi tía era atractivo. Roman tenía un cuerpo impresionante y su pene era… enorme.

Lo que no lograba comprender era por qué había disfrutado mirarlo.

Ese pensamiento me hizo reaccionar. Temí que me descubriera, así que me alejé de la puerta y bajé las escaleras a toda prisa. Decidí esperarlo allí para presentarme como correspondía cuando saliera de la habitación.

Cuando llegué a la planta baja, el sudor ya me cubría la piel. No conseguía borrar de mi cabeza la imagen de Roman alcanzando el orgasmo. Cuanto más intentaba apartarla, con más fuerza regresaba y más me ardían las mejillas.

Sentía que ya había cometido un pecado en mi primer día en aquella casa.

—Tía Miranda, perdóname —murmuré con la cara encendida—. Vi casi todo lo que Roman quería mantener en privado.

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