POV: Janice Thompson
Vi a Roman bajar por las escaleras. No llevaba camisa y tenía el cuerpo cubierto de sudor. Solo vestía un bóxer. Apenas me vio, abrió un poco los ojos, sorprendido.
—Disculpa, pero ¿quién eres? —preguntó mientras me observaba con curiosidad.
Se acercó y se sentó en el banco largo de la sala.
No le respondí enseguida porque no podía dejar de contemplar su cuerpo esculpido. Era alto y musculoso, y a través del bóxer se distinguía la silueta de aquel enorme pene que había visto minutos atrás.
Todavía no podía creer cuánta leche había salido de ahí. Pero me sorprendía más que el prometido de mi tía Miranda fuera tan atractivo. Parecía haber una gran diferencia de edad entre ellos porque mi tía se veía mucho mayor que Roman, casi como si alguna enfermedad la hubiera envejecido antes de tiempo.
—¡Hola! —insistió Roman mientras agitaba una mano frente a mi rostro para hacerme reaccionar.
—Ah, hola —lo saludé con timidez—. Me llamo Janice Thompson. Soy la sobrina de la tía Miranda. Ella es la hermana de mi madre.
Me puse de pie y me acerqué para estrecharle la mano como correspondía. Cuando quedé a su lado, descubrí que apenas le llegaba al hombro. De verdad era muy alto. Tenía la piel bronceada y un físico marcado que dejaba claro que hacía ejercicio. Su cuerpo parecía el de un modelo.
—Ah, así que tú eres Janice —comentó con una sonrisa—. Miranda me dijo que iría a buscarte. Veo que ya llegaste, pero ¿dónde está tu tía?
Roman recorrió la sala con la mirada, como si esperara encontrarla en algún rincón.
—Tenía que asistir a una reunión importante, así que me indicó que entrara y la esperara aquí —le expliqué.
—¿En serio? Espera aquí. Voy a ponerme algo de ropa —respondió mientras se miraba el torso desnudo—. No sabía que ya habías llegado. Solo llevo el bóxer porque estaba haciendo algo en mi habitación.
Subió las escaleras a toda prisa y me reí para mis adentros. No podía creer que hubiera admitido con tanta naturalidad que había estado «haciendo algo» en su habitación.
Cuando regresó, llevaba una camiseta sin mangas y unos pantalones cortos.
—Ven. Ya preparé el almuerzo y me muero de hambre. Vamos a comer —propuso mientras señalaba el comedor.
Al parecer, masturbarse le había abierto el apetito.
Cuando llegamos al comedor, Roman colocó los platos y los cubiertos sobre la mesa. Después dejó en el centro una cesta con panecillos calientes y una olla humeante llena de guiso de cerdo. La comida olía muy bien y también se veía deliciosa.
—Debemos asegurarnos de guardar un poco para tu tía —comentó mientras servía el guiso en su plato.
También sirvió una porción en el mío, un gesto al que no estaba acostumbrada. En la casa de Imogen, siempre había sido yo quien atendía a todos durante las comidas. Allí, en cambio, Roman me servía a mí. Aquel detalle tan sencillo me hizo pensar que era una persona amable de verdad.
Aun así, no podía evitar preguntarme por qué había tenido que masturbarse. ¿Acaso mi tía Miranda no lograba satisfacerlo en la cama?
—Gracias, Roman —le dije cuando me acercó la cesta con los panecillos.
—Ah, así que ya sabes mi nombre. Supongo que tu tía te habló de mí —comentó Roman con otra sonrisa.
—Sí. Hablamos de ti mientras veníamos en el taxi —respondí sin dejar de comer—. También quiero darte las gracias por permitirme vivir aquí.
—¿Cuántos años tienes, Janice? —preguntó mientras revolvía el jugo.
—Tengo veinticinco —contesté.
—Vaya, tú tampoco eres una niña. Tu tía y yo tenemos treinta y cinco años —señaló Roman, sorprendido—. Supongo que tu madre era la mayor de los tres, ¿verdad?
—Sí. Mi madre era mayor que mi tía. De hecho, la tía Miranda es la menor —le expliqué—. Eran tres hermanos y mi madre era la primogénita. Creo que, cuando estaba embarazada de mí, la tía Miranda solo tenía diez años, mientras que mi madre ya tenía veinte.
Roman dejó la jarra de jugo sobre la mesa y también comenzó a comer.
—Entonces, ¿qué piensas hacer ahora, Janice? ¿Empezarás a buscar trabajo aquí, en Monte Campbell, de una vez? —preguntó antes de llevarse un bocado a la boca.
—Sí. Quiero ayudar a pagar los gastos de la casa —respondí con sinceridad después de asentir—. No quiero ser una carga y me daría vergüenza aprovecharme de ti y de la tía Miranda.
Roman volvió a sonreír. En realidad, parecía hacerlo todo el tiempo. El prometido de mi tía daba la impresión de ser una persona alegre por naturaleza.
Estaba segura de que muchas personas lo encontraban atractivo. Debía de tener bastantes admiradores, tanto mujeres como hombres gay. Incluso a sus treinta y cinco años, parecía mucho más joven y era increíblemente guapo.
No podía evitar preguntarme cómo mi tía había conseguido conquistar a alguien como él. Quizá había sido muy hermosa de joven y así había logrado ganarse su corazón.
—Este es un buen lugar para buscar empleo —aseguró Roman—. Hay toda clase de trabajos por aquí. Estoy seguro de que encontrarás algo en uno o dos días.
—Me alegra saberlo —respondí—. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevan juntos mi tía y tú?
Quería saber más sobre su relación.
—Llevamos casi cinco años, pero todavía no nos hemos casado —reveló Roman mientras dejaba los cubiertos sobre el plato—. Miranda quería tener un hijo antes de que nos casáramos, pero… —Hizo una pausa y me miró—. No pudimos tenerlo. Descubrimos que Miranda era infértil.
La revelación me sorprendió. Me alegraba que Roman no hubiera abandonado a mi tía. Un hombre tan guapo como él seguramente podría encontrar a otra mujer si tener un hijo era tan importante para él.
—Deben seguir intentándolo, Roman. Tal vez algún día puedan tener un hijo —lo animé con una sonrisa—. Yo creo en los milagros.
—¿Cómo se supone que sigamos intentándolo si Miranda y yo no hemos tenido relaciones sexuales desde hace casi un año? —preguntó con amargura—. Ella ya no quiere intentarlo. Dice que ya aceptó que es infértil y que jamás podrá tener un hijo. Yo no puedo abandonarla porque… —Roman se interrumpió antes de terminar la frase.
—¿Porque qué? —pregunté, cada vez más intrigada.
—¿M-Miranda todavía no te lo ha contado? —preguntó con nerviosismo.
Su reacción solo despertó aún más mi curiosidad.
—N-No. En realidad, todavía no me ha contado casi nada sobre ella —admití mientras lo miraba con atención—. ¿Qué necesito saber?
—Esa reunión que mencionó no era una reunión, Janice —reveló Roman con voz sombría—. Fue al hospital para comenzar la quimioterapia. Miranda tiene cáncer de cuello uterino, así que ya no podemos tener sexo.
La noticia me dejó sin palabras.
Entonces comprendí por qué Roman tenía que satisfacerse solo: él y mi tía ya no podían tener relaciones sexuales.
Sentí una profunda tristeza por la tía Miranda. No podía creer que tuviera cáncer. Al mismo tiempo, Roman también me daba lástima. Tal vez no podía abandonarla porque se sentiría culpable si la dejaba mientras estaba enferma.
Quizá Roman solo esperaba que ella falleciera antes de permitirse buscar a otra persona. Sin importar cuáles fueran sus verdaderas razones, no pude evitar admirarlo. Había descubierto que nunca tendrían un hijo, todavía no se habían casado y ahora mi tía padecía cáncer. A pesar de todo, él había permanecido a su lado.
Sentí lástima por Roman porque, al menos por el momento, solo podía usar la mano para satisfacerse.