XXXIV

Desde que mis ojos se posaron en ella supe que me pertenecía, no solo por su olor, era a toda ella, mi mujer, mi compañera.

Comprendo que para ella no sería fácil de entender muchas cosas por ser humana pero la haría amarme como yo la amaba, le enseñaría que yo no soy un monstruo como cree y le mostraría que solo quería hacerlos felices, tanto a ella como a nuestro cachorro.

Ninguno de los dos dijo nada al separarnos pero Verónica se apartó, me pidió llevarla a donde estaban sus cosas como si n
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