Isabella abrió los ojos ampliamente.
Los labios ardientes presionaban los suyos, abriéndolos con fuerza y habilidad, igual que aquella noche, dominantes y arrogantes en su beso, succionando todo el aire de su boca, entrelazándose con su lengua.
La saliva se mezclaba, volviendo los sentidos de Isabella extremadamente sensibles y, su mente completamente en blanco.
Envuelta en el aroma familiar pero desconocido de Herman, Isabella se sintió avergonzada, con todo su cuerpo cubierto de escalofríos.