Todos los guardaespaldas que estaban en el restaurante se fueron con Esteban, y Gonzalo, que había estado parado afuera de la sala, entró rápidamente para ver cómo se encontraba Isabella.
Isabella permanecía totalmente rígida, con el puño apretado a su lado, los ojos cerrados y lágrimas que no cesaban de caer.
—Isabella, ¿estás bien? — Gonzalo sacó un pañuelo de su bolsillo y amablemente se lo ofreció.
—Estoy bien—dijo Isabella sin abrir los ojos—Gonzalo, necesito estar sola un rato, ¿puedes