De golpe, cesan las risas disparatadas de Ahmed Hassim. Mi alma se queda desnuda delante de su mirada seductora, sin peros ni porqués.
—¡Eres una muy mala mentirosa, Amira! —susurra, entre dientes, mientras disminuye, con lentitud, la distancia que nos separa.— ¿Te consideras inteligente, capaz de inventar, de pronto, una excusa creíble? Lamento decirte que, desde antes de que gateases, ya había metido mis buenos embustes.
Me ha dado la salida idónea para ponerme boca arriba y afilar las garr