Amarte es mi condena. Cap. 12: Que el infierno arda a nuestro alrededor.
María Joaquina salió corriendo sin rumbo fijo, no podía creer que Sebastián fuera capaz de semejante bajeza, pero ahora que conocía algo de la vida de Salvador, confiaba más en él.
Se sentó en una piedra gimoteando, sin tener sus ideas claras.
—¿La vas a dejar así? —recriminó Luriel, el hombre sabio de la comunidad, quién era su amigo, su confidente, su consejero—. Ya es hora de que le hables con la verdad, pobre muchacha.
Salvador inhaló profundo, apretó los puños.
—Tienes razón, el moment