Sienna
La casa finalmente estaba en silencio.
Al mediodía, el último de los coches había salido del camino de entrada, y el silencio irrumpió como una marea después de una tormenta. Vasos y envoltorios aún ensuciaban las esquinas, pero la música se había ido, las risas se habían ido, el caos se había ido. Todo lo que quedaba éramos Jaxon, yo y el leve olor a alcohol que flotaba en el aire.
Estaba desplomada en el sofá, con la cabeza latiéndome como tambores dentro del cráneo. Tenía la garganta