Después de que la puerta se cerró, Diego se reclinó en el sofá, observando a Dante y a Serena, con una leve sonrisa de suficiencia, como si ya supiera cómo terminaría la velada.
Clara estaba sentada en la alfombra con una muñeca en brazos. Serena se arrodilló a su lado, apilando bloques para formar una pequeña torre. Cada pocos segundos, la torre se tambaleaba peligrosamente, Clara soltaba una risita y Serena la estabilizaba con dos dedos, sin prisas, con paciencia.
Una cálida luz amarilla inun