Una luz en la gruta

Después de tomarme las pastillas de calmantes, porque sí las necesité, me sentí adormilada, como si lo que estuviera ocurriendo no fuera más que un mal sueño, aunque seguía consciente de que era la realidad. Necesitaba, en ese momento, un hombro sobre el que recostarme y alguien que acariciara mi cabeza, así que me apoyé en Emily, que pasaba sus dedos sobre mi pelo y consentía. 

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