A pesar de que estaba cansada y con sueño, no me dirigí a casa esa noche. Di la vuelta por la autopista principal y llegué al parqueadero de mi casino.
No lo frecuentaba mucho, a decir verdad, pero las ganancias que recibía de él eran bastante buenas como para no considerarlo uno de mis mejores negocios.
El portero recibió las llaves de mi auto y él mismo pidió el elevador para mí, directo hasta el último piso: mi oficina.
Era grande, con un escritorio de vidrio templado, pero casi siempre esta