Buscamos a Paloma por todo el lugar: por el estacionamiento, por el parqueadero, pero no la encontramos. Noté cómo el semblante de Alexander comenzaba a tornarse cada vez más oscuro. Apretaba su arma con fuerza y yo, sinceramente, me asusté de lo que podría llegar a hacer.
Yeison caminaba a nuestro lado. El arma que el joven le había dado — el que supuestamente los había rescatado — solamente tenía una bala. Paloma no aparecía por ninguna parte.
— Hay que llamar a la policía — dijo Federico.
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