—¿Cómo llegaste aquí? —Le pregunté—. No pareces familiarizado con el auto, lo conduces torpemente, tienes mucha confianza.
—Con chofer.
—¿Y dónde está tu chofer?
Sebastián me lanzó una mirada de soslayo y respondió con indiferencia.
—Pensé que, en tu estado, sería mejor que no hubiera un tercer testigo, para evitarte futuras vergüenzas.
Apretando los dientes, dije.
—¿Debo agradecer tu consideración?
—No es necesario.
Lo miré, con una sonrisa.
—Sebastián, ¿estás soltero?
Sebastián se sorprendió a