Sebastián se detuvo justo frente a mí, mirándome desde arriba con sus ojos oscuros y fríos como la noche.
Lo enfrenté con la misma frialdad.
Sebastián fruncía el ceño, sus profundos ojos parecían estrellas heladas, y cuando habló, su tono fue sarcástico.
—Me doy cuenta de que no solo estás ciega y eres tonta, sino que además te gusta creer que tienes la razón.
Fruncí el ceño y apreté los puños, buscando palabras para responderle.
Pero antes de que pudiera hablar, Sebastián soltó una risa fría y