—Aunque fuera la encargada de la limpieza de Capital Montezuma, por hacer algo como lo que hiciste, estas dos bofetadas son lo mínimo que te mereces.
La profunda y magnética voz de Sebastián tenía una fuerza que me estremeció. Su imagen se engrandeció aún más en mi mente, irradiando una luz tan cálida como la del sol.
En ese momento, me sentí inmensamente orgullosa de ser parte de Capital Montezuma.
Toda mi atención y mi mirada estaban fijas en Sebastián, y me olvidé de que mi mano seguía en la