—Dame la mano.
Un par de minutos después, Sebastián regresó a la cocina con un tubo de pomada en la mano. Sin decir nada, cerró el grifo.
—Ya no me duele —le aseguré.
La quemadura en mi dedo apenas había dejado una marca roja de un centímetro. Según mi experiencia, no era necesario aplicar pomada; no dejaría cicatriz.
—Sécate la mano.
Parecía que no había escuchado lo que dije, porque me extendió un pañuelo a cuadros azul oscuro.
Ante su seriedad, no me quedó más remedio que aceptarlo con resign