Capítulo 8 - Enseñando modales
Raúl nos extendió las manos y cada una tomó un costado de su fibroso cuerpo, no sé por qué volvió a mencionarlo, gracias a Dios nadie lee los pensamientos, porque no he dejado de pensar en él, no porque me guste… ¿O sí? Algo en él me clama, pide atención.

De salida tomé las llaves, abrí la puerta y la brisa fría me pegó de golpe en el rostro. Nos esperaba una noche joven y divertida.

—¡En menos de cinco minutos llega el taxi! —gritó Lorena, traía las chaquetas de ambas—. Póntela, Vero. —El taxi llegó en menos tiempo, Raúl al ingresar al auto lo hizo con sus cejas arrugadas.

—¿Pasa algo? —negó.

En el trayecto de nuestro apartamento a la zona rosa nos tardamos la hora completa, nos mantuvimos en un silencio absoluto. Y yo he tenido que pelear de manera constante con la imagen de ese hombre, no debería pensar tanto él.

No comprendo su comportamiento, la actitud de ayer fue amenazante, porque tenía miedo de que hable, ¿será por su papel en la mafia? No quería ser conocido como el capo
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