Munata Awki (El Amor que Mereces 1)
Munata Awki (El Amor que Mereces 1)
Por: Sofía de Orellana
Prólogo

Siete años atrás…

Marcela está en el baño de la universidad, mientras yo espero sentado sobre el tronco de un árbol asesinado. No dejo de mover las rodillas, porque es la primera vez que pasamos por esta situación.

Ella y yo somos novios desde hace cinco años, nos conocimos al entrar en la enseñanza media. Yo era un chico lento, “pavo” como le dicen aquí. Ella era una chica tímida, pero muy hermosa. Con su pelo castaño oscuro y sus ajos café oscuro.

Mi pelo rubio oscuro y mis ojos azules les llamaba la atención a las chicas, pero a ella no.

Hasta que un día, en una fiesta en la casa de uno de mis amigos, logré entablar una conversación decente. Ninguno de los dos quería estar ahí, porque no éramos de fiestas ruidosas, mas bien preferíamos conversar con las personas y reírnos. Así que la invité a sentarse conmigo en la acera, fuera de la casa de mi amigo. Hablamos de todo un poco, hasta que llegó su padre a buscarla en su auto.

Lo saludé y me apresuré a abrirle la puerta para que subiera rápido, nos despedimos y al día siguiente me llamó para que fuera a su casa, porque sus padres me querían conocer. Acepté sin dudarlo, ella me gustaba mucho y quería al menos ser su amigo.

Ese día comimos pastel, mientras hablaba con sus padres sobre el colegio y mis planes para el futuro. Con 14 años estaba decidido a que quería ser Ingeniero en Construcción, que quería casarme joven y tener una hermosa familia.

Luego de eso, pudimos salir a caminar un rato al parque que estaba frente a su casa. Allí, ella se acercó y me dijo que yo le gustaba, desde el primer día de clases. Pero no había querido acercarse antes, porque creía que era el típico rubio creído y que no me interesaba.

Tras esa confesión, le di mi primer beso. Fue tierno, suave, inocente… y bastante torpe, porque ninguno de los dos había besado antes. Pero fue con ella, era lo que importaba.

Pasaron tres años antes de que decidiéramos tener intimidad. Su mamá la había llevado a un ginecólogo y comenzó a tomar la píldora. Además de eso, yo usaba preservativos casi siempre. Éramos muy cuidadosos.

Al entrar a la universidad, ella se decidió por Educación Parvularia y yo me quedé con mi carrera elegida años atrás. Ahora estamos en el segundo año, ninguno quiere dejar de estudiar, sin embargo, ella tiene cinco días de retraso en su periodo.

Pasan algunos compañeros, los saludo con un gesto de cabeza y sigo con mis nervios. Tras unos cinco minutos, que parecen una eternidad, ella sale con los ojos llorosos y la prueba en la mano.

Yo sólo la abrazo, mientras de manera torpe me entrega la prueba.

La veo y cierro mis ojos.

Al abrirlos miro al sol. Una lágrima escapa de mí, porque es algo que quería, no es el mejor momento, pero soy feliz.

Tomo su rostro entre mis manos y la miro. Quito sus lágrimas con mis pulgares y la beso. Le prometo que todo estará bien y que será la mejor madre del mundo.

Me prometo que si es niña se llamará Sol, porque fue lo primero que vi luego de saber que venía en camino y que me dio la paz que necesitaba en ese momento.

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Hola a todos, gracias por estar aquí otra vez, dándole una oportunidad a esta historia.

Les cuento que se publicarán los capítulos de Lunes a Viernes. 

Con este libro no quiero desconocer a las madres solteras, para nada. Pero creo que hay padres en este mundo que merecen que se cuente su historia y créanme, que no son pocos. 

Esta es una historia ficticia, donde los nombres y hechos pueden ser coincidencia. El lugar y el año queda a vuestra imaginación.

Los quiero y vamos a darle la oportunidad a algo diferente.

Sofía de Orellana

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