Al escuchar la orden de Juan, exclamó: —¡Sáquenlo de aquí!
Tiberio no perdió tiempo y dio instrucciones presisas para que levantaran a Quirino y lo sacaran del lugar.
Benigno, por su parte, cayó de rodillas angustiado, con el rostro cubierto de remordimiento, rogando desesperadamente: —Señor González, por favor, perdóneme. No debí ofenderlo, le suplico que me deje vivir.
En ese momento, el rostro de Benigno reflejaba el más profundo arrepentimiento.
Si hubiera sabido la verdadera identidad de