Ella no pudo evitar mostrar una expresión de desesperación total.
—Presidenta, vámonos ya— insistió Rosa.
Marta miró de reojo a Juan, su rostro mostró una expresión de lucha interna, pero luego se resolvió con determinación: —No, no me voy.
Después de todo, esta situación había surgido realmente por su culpa. No podía simplemente dejar a Juan en la estacada. Además, Juan seguía siendo su prometido, aunque fuera solo de nombre.
Pronto, pasaron diez minutos. Una voz sombría y autoritaria se oyó de