—¿Es posible? —Marta esbozó una amarga sonrisa.
Ante ella se extendía un abismo cuya profundidad parecía no tener fin, con al menos mil metros de caída. Si una simple roca cayera al fondo, se haría polvo al instante, ni que hablar entonces de una persona.
Tiberio también se acercó para consolarla: —Es posible que aún esté vivo. El señor González es un maestro de artes marciales, no una persona común.
Al escuchar esto, el cuerpo de Marta se tensó aún más, levantando la cabeza asombrada para mirar