Capítulo 3
El dolor que había imaginado nunca llegó.

Una rama del árbol que estaba afuera me frenó la caída.

Cuando lograron bajarme, Enrique estaba pálido. Se acercó y me dio una bofetada.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?

Castel también tenía una expresión terrible. Todo su cuerpo temblaba. Se acercó y me dio una patada.

—¿Qué demonios pretendes?

La patada me tiró al suelo.

Como acababan de hacerme un lavado gástrico, el golpe me atravesó el estómago como si alguien me hubiera clavado un cuchillo y luego lo hubiera retorcido con fuerza.

Me subió una arcada amarga y un sabor metálico me llenó la boca.

Después de escupir aquella bocanada de sangre, me arrodillé frente a los dos.

—No vuelvan a detenerme. Déjenme morir, por favor.

Los dos se quedaron atónitos por mis palabras.

Castel frunció el ceño.

—¿Esta es tu nueva táctica? ¿Ahora nos amenazas con matarte?

—No —les dije con los ojos rojos—. Vi el sistema de mamá. me dijo que, si muero, podré reunirme con ella. Por favor, no vuelvan a detenerme. Déjenme morir. Así ya no tendrán que preocuparse de que le robe el cariño a Elsa, y tampoco tendrán que vigilarme ni impedir que me vaya.

Después del incidente de la aguja, Jorge Velázquez, el exmilitar, me castigó.

Me encerró durante cinco días y cinco noches en una habitación oscura.

Me dejó una lámpara potente apuntándome directamente a los ojos para no dejarme dormir. Si daba señales de estar quedándome dormida, incluso me inyectaba estimulantes para mantenerme despierta.

Cinco días después, lo primero que hice al salir fue rogarles a mis cuatro papás que me dejaran ir.

Pero ellos me dijeron que jamás me dejarían marcharme.

—Si incluso vigilándote pudiste hacer algo así, quién sabe qué le harías a Elsa si te dejáramos ir.

—¡Exacto! Le prometimos a tu mamá que te educaríamos bien. ¡No puedes irte!

Quizá porque mencioné a mi mamá, sus expresiones se suavizaron un poco. Incluso apareció en ellos un poco de aquella ternura que yo conocía.

—Brenda, ¿estás segura de que viste el sistema de tu mamá? ¿Cuándo fue? —preguntó Castel mientras me ayudaba a levantarme.

Le respondí con la verdad. Fue esa mañana, cuando estaba a punto de morir. Entonces apareció.

Los dos se miraron.

Enrique me dijo:

—Quizá no lo sabes, pero cuando tu mamá se fue, dijo que su sistema desaparecería después de completar la misión. Así que es posible que lo que viste haya sido una alucinación.

Negué con la cabeza.

—No. No fue eso. De verdad era el sistema de mi mamá. No vuelvan a detenerme. Déjenme morir.

Al oír la palabra "morir", a Enrique se le endureció aún más el rostro.

Se contuvo una y otra vez, pero al final no pudo más.

—No eres tú quien decide si fue una alucinación o no. Te llevaremos con un psiquiatra.

Después de decir eso, me acarició la cabeza como antes. Su expresión era muy extraña.

—En realidad, ya pasaron tres años. Lo hablamos entre nosotros. Si prometes no volver a aparecer frente a Elsa, no te castigaremos más…

No terminó la frase.

Paco Mendoza y Jorge entraron en la habitación.

—¿Han visto a Elsa?

Castel y Enrique se quedaron helados.

—¿No estaba con ustedes hace un momento?

Paco estaba desesperado.

—Contestó una llamada y desapareció. Dijo que una compañera quería darle un regalo y que iba a salir un momento a recogerlo. ¿Será que…?

Sus rostros se ensombrecieron al mismo tiempo.

Recordaron que, tres años atrás, también era el cumpleaños de Elsa cuando una compañera la llamó para que saliera.

Y luego ella terminó en manos de varios pandilleros.

Todos me miraron al mismo tiempo.

Al sentir sus miradas, me estremecí de miedo.

Antes de que dijeran algo, yo ya lo entendí.

—No fui yo.

—¿Cómo que no fuiste tú? —Castel estalló de furia. Fuera de sí, me agarró por el cuello de la ropa—. Con razón hoy insistías tanto en morirte. Todo era para distraernos. ¿Dónde la tienes?

Negué con la cabeza.

—No. Yo de verdad no hice nada.

Pero Castel, cegado por la rabia, no iba a escucharme.

—Sigues sin arrepentirte. ¿No decías que querías morir? Bien, hoy te voy a conceder el deseo.

Levantó el puño para golpearme.

Justo a tiempo, Jorge se acercó y le sujetó el brazo.

—Aquí no. Hay demasiados testigos.

Castel se detuvo. Me lanzó una mirada feroz y dijo en voz baja:

—Llévenla a casa.

En el auto se respiraba una tensión insoportable.

Mis cuatro papás no dejaban de hacer llamadas para buscar a Elsa.

Yo me escondí en una esquina, temblando. Sabía que la tormenta estaba por caerme encima.

Hasta que el auto se detuvo y me bajaron a la fuerza.

Al ver la casa frente a mí, entré en pánico. Era el mismo lugar donde ya me habían castigado antes.

El miedo me dejó sin fuerzas y caí de rodillas.

—De verdad no sé dónde está Elsa. Les ruego que me dejen en paz.

Enrique me agarró del cabello. Su voz era helada:

—¿No eras tú la que quería morir? Ya que tanto quieres morir, nosotros mismos te vamos a ayudar.

Todo mi cuerpo temblaba.

Yo sí quería morir, pero le tenía miedo al dolor. Sin embargo, ya estaba ahí. ¿Cómo iban a dejarme ir?

Me arrastraron dentro de la casa. Adentro ya había más de diez hombres fornidos.

Jorge me tiró al suelo. Frunció el ceño y, con una expresión de decepción, ordenó:

—Enséñenle de una vez a obedecer.

Varias manos se abalanzaron sobre mí. Sentí que unos me sujetaban los brazos y las piernas, mientras otros me clavaban objetos punzantes en la carne.

Me dolía todo el cuerpo. Pedí ayuda como loca.

Grité varias veces "papá".

Cuando parecía que aquellos hombres iban a ir todavía más lejos, Enrique no pudo soportarlo y ordenó que se detuvieran.

Se acercó a mí y dijo:

—Si dices dónde tienes escondida a Elsa, podemos perdonarte esta vez por respeto a tu mamá.

Llorando, dije:

—De verdad no lo sé. Yo no hice eso.

Enrique todavía quería decir algo. Pero Jorge se acercó y lo detuvo.

—¿Todavía no sabes cómo es ella? Si no la presionamos de verdad, no va a admitirlo. En todos estos años, ¿alguna vez reconoció que le hacía daño a Elsa?

A Enrique se le ensombreció la mirada.

Al final, hizo un gesto con la mano.

—Continúen.

Con esas palabras, se acabó cualquier posibilidad de sobrevivir.

Mientras el dolor en mi cuerpo se volvía cada vez más intenso, dejé de gritar. Entre la confusión, me pareció ver el rostro de mamá.

Que siguieran. Que me golpearan.

De verdad iba a ver a mamá.

Mis cuatro papás seguían haciendo llamadas sin parar.

Por fin, un número conocido apareció en la pantalla del celular de Castel.

—Elsa, ¿dónde estás?

La voz de Elsa resonó en la habitación.

—Estoy comiendo afuera con mis compañeros. ¿Por qué me llamaron tantas veces?

Los cuatro se quedaron helados.

—¿No te habían secuestrado?

Elsa soltó una risa.

—¿De qué están hablando? ¿Quién me va a secuestrar? Bueno, luego hablamos. Ya voy de regreso a casa.

Al mismo tiempo, también llamó el mayordomo.

Dijo que ya habían recogido a Elsa.

Todos soltaron un suspiro de alivio.

—Qué bueno. Elsa está bien —murmuró Enrique.

De pronto, abrió los ojos de par en par.

—¡Brenda!

Por fin recordaron mi existencia.

Mis papás ordenaron a los hombres de la habitación que se detuvieran.

Los cuatro caminaron hacia mí. Después de llamarme varias veces sin obtener respuesta, dijeron:

—Deja de fingir. Ya encontramos a Elsa. Esta vez sí nos equivocamos contigo.

Castel se agachó y me tocó el hombro. Al ver que no reaccionaba, por fin se dio cuenta de que hacía mucho rato había dejado de gemir de dolor.

Se le heló la sangre. Puso la mano bajo mi nariz. Pero yo ya no respiraba.

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