Le tomo de la mano y lo llevo hasta la habitación, luego lo obligo a sentarse en una de las sillas y cierro la puerta con suavidad, volteo a verlo y resoplo con fuerza. Sin darle más largas, le cuento lo que ha sucedido en su ausencia.
Escucha con atención y asiente levemente con la cabeza.
Cuando termino de decirle lo que sucede, se levanta de la silla, pone sus manos sobre mis hombros y me mira directo a los ojos.
—Si quieres acostarte con él, hazlo—
—¡Pero está casado! — Exclamo en voz baja.