—¡Quiero un jugo de naranja!- Su voz era recia.
—Ya se lo busco señora–. La enfermera fue un poco nerviosa ante los gritos de la mujer.
La habitación estaba cargada de tensión y resentimiento. Caroline, con los ojos llenos de rabia contenida, avanzó decidida hacia donde se encontraba Isabel. Su expresión era un claro reflejo de la ira que bullía en su interior, una marea embravecida lista para desatar su furia.
Isabel, ajena al peligro que se cernía sobre ella, permanecía inmóvil en su silla,