Vagué junto a Lucila sin despegar nuestros labios, en dirección al parque alejado del hospital.
La verdad, agradecía el silencio que nos rodeaba, me ayudaba a pensar con claridad lo que había ocurrido y ella parecía no molestarle el que estuviera tan callada.
Parecía comprender a pesar de su corta edad, que no quería mantener una conversación incómoda.
Nos detuvimos tras largos minutos caminando en la orilla del lago de ese espeso bosque, por donde a duras penas, uno que otro paciente pasaba