—¿Te enamoraste de mí…?
Tenía que estar alucinando. Lo que él creyó que no era posible después de su abandono, ahora estaba siendo confirmado, con un tono seguro y lleno de reclamo por no saber entenderla.
Anastasia dejó salir sus lágrimas. Se las limpió, y sin poder ver esos ojos azules que podían congelarla pero también derretirla, asintió.
Leónidas sintió cómo su pecho explotaba en un millón de emociones.
Lo que había pasado antes; cómo lo cuidaba, cómo se había entregado a él, cómo la había