Con un gemido ahogado, Beltaine hundió su rostro en los cojines del sofá, sumida en un mar de cavilaciones.
—¡Por todos los cielos, lo que me saca de quicio es la falsa cortesía de ese desgraciado! —exclamó, mientras sus dientes trituraban la uña del pulgar con furia contenida—. ¡Maldita sea su estampa!
De repente, una sensación insólita y al mismo tiempo conocida se arrastró por su muslo derecho, como si un río de fuego recorriese su piel. No hubo ni un ápice de tiempo para prepararse; el vací