Por Emanuel.
No puedo creer mi maldita suerte, siempre me rodeé de mujeres que pretendían cosas inverosímiles.
Algunas querían mi amor, otras que les regale un departamento, o que las mantuviera porque sabían que mi nivel económico me permitía hacerlo.
Ninguna logró demasiado de mí, porque nunca las deseé más allá de la razón.
No me interesaba tener alguna amante fija ni hacerle el novio a alguien.
Por otro lado, si bien no me sentía atado, hasta hace poco estaba casado, aunque sólo era un pape