Al regresar a casa, observé a la elegante gatita blanca desordenando todo el lugar, mientras lamentaba en silencio mis nuevas cortinas.
Pero no podía hacer nada al respecto.
La casa era un caos, y no podía quedarme más tiempo.
Revisé mi teléfono y, como era de esperarse, nadie prestó atención a mi declaración.
Los insultos seguían inundando mi bandeja de mensajes.
Ni siquiera la carta de mi abogado logró detener este espectáculo ridículo.
Es hora de una estrategia precisa y directa.