Al encontrarse frente a la puerta de la habitación de su amigo, Gérard se detuvo por un momento para pensar cómo abordaría el asunto sobre la emperatriz.
«Se volverá loco si le digo que ella resultó herida durante la detención de los rebeldes en Tirón. ¡Arg! ¡Esto está totalmente mal!», pensó afligido.
Mientras decidía lo que debía hacer, un soldado que vigilaba la entrada se atrevió a preguntar:
—Sir Bunger, ¿va a entrar?
Esto hizo que Gérard volviera en sí y respondiera bastante alterado.