Ashal sintió escalofríos cuando Gérard mencionó el tema de la muerte y, tomando del cuello a su interlocutor, dijo severamente.
—No pienso permitir que Adeline muera por mi culpa.
Gérard no se inmutó con la reacción agresiva del emperador y continuó diciendo atrevidamente.
—¿Y qué se supone que estás haciendo? Esconderla no es una buena solución y ella merece ser libre.
—¡Lo sé, pero no puedo permitir que nadie la toque! —exclamó Ashal con desesperación.
—¿Te estás escuchando? Si limitas a