62. TODAS ERAN UNAS MENTIROSAS
Su jefe creía que el niño era nieto de Lucrecia, aunque si lo veía se iba a dar cuenta que era el que Mía había dicho que era su sobrino. ¡Qué lío! Quizás deba decirle la verdad, y quitarme a esa odiosa de arriba, pensaba en lo que se dirigía al apartamento de Lucrecia.
—Buenos días —saludó— tengo unos días libres me acaba de informar mi jefe. Entonces usted también, llevaré a Javier al parque, ¿desea acompañarnos? El día está muy hermoso.
—Con mucho gusto hija, no sé ni el tiempo que hace q