Mariana Carbajal
El silencio reina por unos minutos. Su cuerpo todavía presiona el mío sobre la cama; siento su respiración tibia rozar mi mejilla mientras su mirada se concentra en mi rostro, como si intentara descifrar algo que llevo escondido bajo la piel.
No me muevo.
Ni siquiera me atrevo a respirar demasiado fuerte.
Su cercanía lo llena todo: el peso de su cuerpo, el calor que atraviesa la delgada distancia entre nosotros, el latido acelerado que no sé si es el suyo o el mío.
—¿Por qué me