—¿Tan ansiosa está la señora Díaz por recibirme en su casa? —Su tono era sarcástico.
El calor de la ducha ya no lograba calentarme. Su traje, frío al tacto, se pegaba a mi piel, y sentí un escalofrío intenso.
Levanté la vista y, temblando por el cambio de temperatura, le respondí: —¿Quién te dijo que podías venir? ¡Prometiste no entrar a mi casa sin permiso!
No me contestó; en cambio, me sujetó fuertemente de la muñeca y me empujó hacia adentro, haciéndome chocar contra la fría pared.
—¿Qué