Carlos tenía la mirada fija, sus pupilas negras y su cuerpo temblando.
Su mirada atravesaba el tumulto de personas en la celda, recorriendo todo el espacio hasta encontrarse con la mía.
Vi cómo su mano junto a su costado se cerraba lentamente en un puño, como si hubiera escuchado algo que no podía creer, como si ya no me reconociera. Me miraba con desconcierto.
Yo lo miraba, sonriendo, mientras lágrimas brillantes resbalaban por mis mejillas. Lo llamé: —¡Carlos, te odio!
Me empujaban de un l