—Carlos, tu ayuda es realmente mezquina, esas pomadas apenas cuestan veinte dólares, ¿verdad? —Dije con un ligero tono sarcástico, mirando directamente a sus ojos. Estaba molesta, molesta porque él trataba tan bien a Sara y a mí solo me daba esas pomadas.
Carlos, oculto en la penumbra, dejó escapar una risa fría.
—¿Qué consideras valioso? —Me preguntó. —¿Las pomadas que Néstor te dio son caras, las suyas valen más y las mías solo merecen ir al basurero?
Se inclinó más y más cerca de mí. Sentí