La luz que caía desde el techo iluminaba la cara de Carlos, dejándola tan pálida que parecía no hacer nada más que mirarme, con esas palabras tan ligeras que me dejaban completamente indefensa.
Indefensa, hasta el punto de sentirme desesperada.
—Carlos, si quieres, podemos sentarnos a cenar por última vez, y no hablar de nada más.
No es que no le haya dado oportunidades, es que él una y otra vez eligió a otros.
Dijo que iba a enviar a Sara fuera del país, pero siempre sentí que eso sería muy