Ana seguía hablando al otro lado del teléfono, pero sus palabras se volvieron distantes, como si provinieran de otra dimensión.
El celular resbaló de mi mano, y el tiempo pareció ralentizarse en ese instante.
De manera automática, me dirigí a mi estudio. Allí, sobre el escritorio, los documentos y expedientes que había revisado durante las noches recientes se apilaban desordenadamente. Una sensación de amargura comenzó a invadirme, creciendo poco a poco.
Sin pensarlo, tomé esos papeles, cada