Cuando llegué al hospital, Sara estaba recostada en la cama jugando con su teléfono. En comparación con el aspecto pálido y débil de Carlos el día anterior, ella lucía radiante y con las mejillas sonrojadas.
Levanté la barbilla y, con voz firme, la llamé:
—¡Sara!
Ella estaba tan concentrada en su teléfono que mi grito la sobresaltó, haciendo que prácticamente saltara de la cama.
Su rostro se tiñó de rabia y vergüenza.
—¡Olivia! ¿Qué estás haciendo aquí?
Sin esperar mi respuesta, retomó el